Yo que siempre he podido presumir de virilidad y masculinidad. Yo que desde los nueve años ostento el título Pichabrava del Barrio. Yo que he acaparado el mayor número de miradas, piropos y pellizcos en el culo (de hombres y mujeres) por cuantas discotecas campeé, debo confesar que hoy tengo serias dudas. Sí queridísimo (y escaso) lector, creo que voy a cambiar de vida. Y es que ¿quién se puede resistir a pasar el resto de los días en una boutique? Rodeada de amigas, cuñadas, vecinas, suegra. Vestidas de alta costura, esperando que el espejo certifique lo guapa que estoy, tomando café en taza de porcelana, pisando con garbo con esos taconazos que apenas me destrozan los pies, luciendo moldeado y celebrando lo que nos quiere el del súper. ¿Cómo resistirme a ser mujer?
Y si piensas que el cielo empieza a tan pocos metros del suelo ajústate las alas del consumismo y vuela conmigo. Te llevaré al Valhalla en la tierra, al paraíso de la hembra que superó aquello de hacerle la comida al marido y cuidar de los hijos. Sí, oh sí, goza conmigo, descuentos en todo lo que necesitas para ser feliz. ¡¡¡Sí!!! ¡¡¡El detergente también!!! ¡¡¡Oh sí!!! ¡¡¡Y el suavizante!!! ¡¡¡El suavizante!!! ¡¡¡Sí nena!!! Pero espera un poco, aún tengo más para darte, abre bien tus ojos y prepárate para recibir un regalo sólo al alcance de una Reina. ¡¡¡Un rack de lavadoras!!! ¡¡¡Oh sí!!! Decenas de lavadoras perfectamente alineadas unas encima de otras. ¡¡¡Llegó la verdadera liberación de la mujer!!! ¡¡¡Por fin podrás hacer la colada de blanco y de color en paralelo!!! Si no fuese mujer ya, se me pondría dura.
Tanta tabarra con eso de labrarse un futuro día a día y el paraíso estaba ahí al lado ¿por qué me lo ocultaron tanto tiempo?



