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Sudad malditos, sudad

octubre 12, 2008

Los dobles, esos desconocidos actores que interpretan las escenas de riesgo, viven en la Ciudad de los Dobles y tienen grandes problemas. El primero es que sufren de una extraña enfermedad psicológica mezcla de obsesión compulsiva, adicción al trabajo y amnesia selectiva (concretamente se les olvida qué son las puertas y cómo utilizarlas). Así que desde que se levantan hasta que se acuestan están todo el tiempo dándose golpes, tirándose por los balcones, conduciendo los coches sobre dos ruedas, viajando sobre la cubierta de los autobuses, bueno, lo típico, que no lo idóneo. También ocurren cosas que para nuestros ojos serían alarmantes, como que algunos coches circulan boca abajo o que los periódicos arden por combustión espontánea.

A pesar de todo, la gente que vive allí ya está muy acostumbrada a todo esto. Imagina. Un policía va en su coche patrulla y quiere un café. ¿Qué hace? Pues acelera, se dirige de frente hacia una cafetería y cuando está a pique de estrellarse hace derrapar el coche dejándolo justo a la altura de la ventana por la que la camarera, sin un ápice de pavor o sorpresa y con una gran sonrisa en su boca, le sirve lo de siempre. Otro ejemplo: Un mensajero en moto entra a un edificio atravesando una gran cristalera. Derrapa su moto junto a la recepción (en la Ciudad de los Dobles si no sabes derrapar eres un mierda) y le entrega un paquete al conserje que, lejos de asustarse y con un rictus impasible, le recrimina la utilización del casco (!?).

También hay quien se aprovecha un poco de las circunstancias. En este caso los taxistas, que ni se paran para recoger a los clientes. Sabiendo que los dobles llevan el riesgo en la sangre, simplemente, al ver que alguien les reclama desde la acera, reducen un poco la velocidad y esperan a que el osado pasajero brinque a lo alto del utilitario y se agarre como pueda. No quiero ni pensar en los líos que se montarán cuando tengan que llevar un par de maletas o a la hora de pagar.

Independientemente de los inconvenientes, los dobles han conseguido crear una sociedad rica y próspera (cosa que no logro comprender teniendo en cuenta la cantidad de cristales que rompen cada día y el enorme índice de bajas laborales que deben de tener). Les va tan bien que algunos de ellos van a la oficina en helicóptero. Y pensarás, pero si ya cualquier banquero arruinado va a “trabajar” en helicóptero… Es verdad, pero es que los dobles lo hacen colgados de los patines de aterrizaje, de tal forma que una vez que llegan a su edificio sólo tienen que soltarse y dejarse caer por un tragaluz lo suficientemente grande. Es un incentivo que ponen las empresas para llegar pronto al trabajo. El que llega primero podrá amortiguar la caída con los cristales, los siguientes se joden. Eso sí, todos tienen derecho a café gratis. Es curioso que las dos únicas mujeres que participan activamente en esta historia aparecen sirviendo la excitante bebida.

¿Y por qué os cuento todo esto? Pues porque los dobles tienen un problema más y es que sudan a chorrazo. Entonces un publicista avispadísimo pensó “Fabriquemos un desodorante para dobles y cuando funcione lo exportaremos al resto del mundo. Viva yo.”. ¿Absurdo? Ya.

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